18 de febrero de 2022

LA ECONOMÍA ESPIRITUAL DEL BAILE

No todos pueden costear bailar en el Gran Poder. Los gastos mínimos incurridos por una pareja de folkloristas para bailar morenada en la entrada incluyen una cuota que va de ciento cincuenta a doscientos dólares, pagada a los pasantes y que es considerada una contribución a los costos de la celebración (‘flete’ de trajes festivos, música y cerveza); alrededor de quinientos dólares para el terno y los vestidos (“las paradas) extremadamente finos utilizados en la diana y el convite (para una pareja que baila por primera vez el gasto en ropas puede fácilmente duplicarse); y alrededor de doscientos dólares en joyas y adornos corporales.

En el 2004 el auspiciador más importante de la Fiesta del Gran Poder, la Cervecería Boliviana Nacional (CBN), todavía pagaba su auspicio en especie a la Asociación de Conjuntos Folklóricos del Gran Poder. Su auspicio consistía en 5500 cajas de cerveza por un total de 66.000 botellas – equivalentes a más o menos 35.000 dólares. Para dar otro ejemplo de la cantidad impresionante de dinero reunida y gastada en la fiesta, especialmente entre las fraternidades de morenada, basta con mencionar el caso de una banda argentina que fue contratada en el 2004 por una suma de 15.000 dólares para entretener a los miembros de la fraternidad de Los Intocables luego de la entrada.

Cuando primero le pregunté a mi amigo Justo Soria si pensaba que la cercana concomitancia entre los valores religiosos y los materiales en la ostentosa entrada del Gran Poder era contradictoria, me respondió que mi preocupación reflejaba el habitual sermón del clero. Según Justo, el tata estaba feliz con este derroche de recursos en su nombre. Las exageraciones durante la celebración eran una forma de ‘hacer reverberar’ el tata en cada calle y cada esquina de la ciudad, así como de magnificar la fe y la devoción entre los habitantes de la ciudad. Mientras más abundante la entrada, mayor la ‘atracción’ y el alcance del tata Gran Poder.

Varios estudios etnográficos han observado el despilfarro extraordinario de recursos en las fiestas andinas (Buchler 1980; Mendoza 2000; 109-162) en comunidades aparentemente empobrecidas. Una efectiva metáfora es a menudo utilizada por mi amigo Luís Jiménez para darle sentido a la exageración del gasto en decoraciones, telas y música. Después de contar los cientos de dólares necesarios para organizar la fiesta, Luís comentaba fervientemente ‘botamos la casa por la ventana’.

Los hábiles emprendedores locales, dueños de prósperos negocios, no renunciarían a la inversión ‘irracional’ de recursos en las actividades religiosas y sociales del Gran Poder. La explicación para este espectáculo de prósperos comerciantes ‘sacrificando’ recursos cruciales en una fiesta religiosa ha sido tradicionalmente racionalizada como producto de la incertidumbre en el estilo de vida urbano, de la calidad volátil de la actividad económica en uno de los países más pobres de América Latina y, finalmente, de la proliferación de creencias espirituales en un contexto de incertidumbre y miedo por el futuro (Himpele 2003: 237-238). Cuestiono esta asociación simplista de la dimensión espiritual de la economía del Gran Poder y de la entrada misma con una inseguridad mental derivada de las condiciones económicas volátiles en Bolivia. En realidad, argumento que la entrada es una fuerza y evento que crea las condiciones para poderse dar desarrollo económico. Como comenta Justo, en el Gran Poder lo económico y lo religioso no son simplemente entrelazados inextricablemente hasta convertirse en expresiones uno del otro, sino también permiten la reproducción de cada uno. El monto de recursos materiales vertidos en la organización de la entrada también activa un mecanismo de circulación de la riqueza que es beneficioso no solamente para la comunidad, pero también para las fuerzas cosmológicas.

Al auspiciar la entrada, el pasante, generalmente un miembro pudiente de la fraternidad, utiliza su poder económico para apoyar a la fraternidad y a sus miembros, mientras recibe reconocimiento social y amplía su red social. Si para algunos el ser un pasante es una cuestión de prestigio y una demostración de habilidades sociales tanto frente a los otros miembros de la fraternidad como frente a Dios, ‘pasar la fiesta’ puede también garantizarle una indemnización social o inmunidad – como lo sugiere el nombre de la fraternidad más grande del Gran Poder, Los Intocables – y una consolidación del propio estatus en la comunidad.

En algunos casos, sin embargo, la conveniencia del pasante es mucho más aparente. Es una práctica bastante común que en las fraternidades que reúnen miembros del mismo gremio un ‘simpatizante’ externo auspicie la fiesta con el objetivo más o menos explícito de que el sindicato le facilite la apertura de su propio comercio. En algunos casos, se murmura que el pasante utiliza el dinero de la fraternidad (dinero de las cuotas) para enriquecimiento personal. Sin embargo, hay reglas estrictas que sancionan este tipo de conducta y existe una seria preocupación moral en la comunidad por la utilización del dinero, no para beneficio del individuo sino más bien en el interés de la fraternidad.

El economista y folklorista Alejandro Chipana afirma que la Entrada del Gran Poder es capaz de generar riqueza por el simple hecho de hacer que las cosas se ‘muevan’ – que circulen a través de los límites sociales y geográficos. Como hemos visto en la introducción, en los Andes, la circulación ha sido a menudo considerada como una fuerza cosmológica, capaz de hacer crecer las cosas y ‘dar a luz’ (Harris 2000). En el Gran Poder, el concepto de ‘circulación’ que varios antropólogos han considerado fundamental en la descripción y articulación de una cosmología andina ha sido sustituido por el concepto de ‘movimiento’. Sea en las actividades religiosas relacionadas a la Fiesta del Gran Poder, sea en las actividades económicas de los comerciantes, el ‘movimiento’ mismo de mercaderías, de dinero y de personas aparece como una fuerza fundamental capaz de reproducir riqueza y crear relaciones sociales articulando diferentes grupos y zonas urbanas.

Alejandro resaltó que la calidad circulatoria y reproductiva del Gran Poder se funda en la fe de que el dinero invertido en el Gran Poder será devuelto al siguiente año con un ‘interés’ sustancial. “Mira a los carniceros por ejemplo, han estado bailando en la fiesta por décadas. Hoy están muy bien acomodados porque hicieron una inversión con fe” (Alejandro Chipana, en entrevista con el autor, 13/03/04).

El intercambio de recursos materiales y de dinero contribuye a este movimiento ‘encantado’, atravesando los límites, los grupos sociales y los dominios. En el Gran Poder esa fluidez es reproducida aún más por al menos dos fenómenos visibles. Uno es el ‘intercambio de baile’, un acuerdo informal entre grupos e individuos del Gran Poder y residentes de otros barrios o ciudades. El pacto se basa en el compromiso hecho por el forastero de bailar en el Gran Poder en el grupo de su amigo o compadre. A cambio de esta promesa, el compadre del Gran Poder se compromete a participar en la siguiente fiesta del santo patrono en la ciudad o barrio del forastero. Este ‘intercambio de baile’ ha generado un movimiento y una red tan extendidos, que folkloristas peruanos de Puno, viajan a La Paz para la Entrada del Gran Poder y los locales responden al bailar en la fiesta de la Virgen de la Candelaria en esa ciudad fronteriza. Don Froilan Flores enfatizó orgullosamente que estaba yendo a bailar a la Argentina para honrar un compromiso con los migrantes bolivianos en el vecino país. El ‘intercambio de baile’ en el territorio nacional es incluso más intenso, especialmente con sectores rurales en el altiplano – que a menudo están conectadas con los folkloristas del Gran Poder por lazos de parentesco.

El ‘intercambio de baile’ se complementa aún más con otro evento característico de las fiestas andinas contemporáneas. El traje festivo utilizado en el Gran Poder rara vez es de propiedad de los folkloristas, pero es más bien, alquilado (fletado) de los bordadores que son los guardianes de estos objetos preciosos y costosos. Los mismos trajes utilizados para la Entrada del Gran Poder son sucesivamente fletados por los folkloristas de El Alto para la celebración del 16 de julio. Sucesivamente, los mismos trajes son utilizados en entradas ‘menores’ a través de todo el altiplano boliviano, generando una circulación de trajes que, como fuera mencionado anteriormente, algunas veces atraviesa las fronteras y comunidades nacionales.
El Señor vestido con los colores del auspiciante Paceña (o viceversa) en una invitación de la fiesta.

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