31 de julio de 2011

SAN BUENA LA FIESTA ETERNA

Resguardados del potente sol de las dos y media de la tarde en el cobertizo de una casa en obras, un grupo de sanbueneños murmura sus oraciones frente a la imagen del patrono celestial. El edificio será un hotel, pero ya brinda acogida a varios huéspedes: músicos y periodistas que se acercaron al municipio paceño de San Buenaventura, al norte, en la provincia Iturralde. La temperatura y el acento de los lugareños hacen pensar en que nos encontramos en el Beni, que comienza en la orilla de enfrente, donde se halla Rurrenabaque.

Yolanda Iroshi (55) y Willy Mumberguer (67) son los dueños de la vivienda y los pasantes de la fiesta de la zona central de este sitio que tiene unos 8.000 habitantes, entre los que viven en el pueblo y en las 18 aldeas que lo rodean. El 13 de julio, día previo al aniversario de San Buena, como lo denominan algunos vecinos, Yolanda y Willy reciben al santo católico para los rezos.

San Buenaventura fue un franciscano italiano nacido en el siglo XIII y que profesó la fe y amor a Jesucristo. A él se debe el nombre del poblado amazónico fundado un 14 de julio de 1862 por el padre Jesualdo Marchetti. Es el protector de este municipio que lo venera con un programa que dura casi dos semanas, entre preparativos, novenas y el acto central, e incluso se engancha con los de la revolución paceña.

El 1 de mayo, el porche de los pasantes acogió un velorio para la mamita del Carmen. Yolanda confiesa que cuando le sugirieron ser una de las tres pasantes de la celebración de San Buena (hay una pareja por cada zona: norte, central y sur) se negó. Primero, por la memoria de su papá, descendiente de un japonés de tantos que llegaron al lugar tras la Segunda Guerra Mundial; él no era creyente. Segundo, porque se debe alistar un gran refrigerio para los que asisten a orar en el hogar del preste.

“He tenido que preparar harto (comida) para invitar a todos”, se queja, refiriéndose al velorio del 1 de mayo, en el que rezaron el rosario, cantaron, hicieron peticiones… hasta la una de la mañana. Lo que la hizo cambiar de opinión fue que, un mes después de su negación, cayó enferma. “¿Será que la Virgencita me está castigando?”, pensó. Y aceptó, fervientemente, ejercer el cargo en el 149 aniversario del municipio.

Durante el año, los pasantes cuidan del patrono, que esté bien arreglado y reluciente. El que quiere, también, puede contribuir a paliar alguna necesidad del pueblo, como pintar la iglesia, explica Yolanda, quien afirma que San Buenaventura “es muy milagroso”. “Hay que pedirle lo que uno desea”, añade su mamá, Rita Alipas, que luce unos perennes lentes para el sol.

Tras el rezo vespertino inicia la entrada folklórica, que parte a las tres de la tarde (o ésa es la intención) desde lo que los sanbueneños llaman “la cueva”: un pequeño altar en la calle, en la vía hacia el coliseo.

Es la hora del desfile y en el punto de partida sólo hay tres niños ataviados para bailar “Fiesta de Trinidad”. Una cuadra más allá se oye música de flautas y tambores que sale por la ventana de la pequeña Pensión Waracachis. Es el jarireti, “la danza antigua que bailaban las señoras antes, las mamás”, explica Lilian Guzquiano de Mendía (48), presidenta desde hace dos años del Club de Madres “Centro de Promoción Femenina de San Buenaventura”, al que pertenece desde que tiene 14 años de edad.

Vestidas la mayoría con los típicos vestidos rojo y blanco de esta danza, emocionadas señoras y niñas ensayan los pasos; otras se adornan con collares y también hay quienes se acercan hasta Lilian para que les dé las últimas puntadas a sus trajes. “Las señoras del Club de Madres estamos al rescate de nuestra propia cultura que es el jarireti, el amor tacana, el tiritiri, que se bailan en nuestra zona”, manifiesta la Presidenta mientras pasa el hilo por la aguja.

El baile de los jaloneos
Jarireti significa “jalonear” en tacana, explica Marcelino Merino (66), uno de los pocos lugareños que conoce la lengua del pueblo originario en cuyo territorio se fundó San Buenaventura, el de los tacana. Aunque él nació en la localidad indígena de Tumupasa, se considera sanbueneño desde los 11 años. “La nueva generación no sabe ni saludar” en esa lengua, lamenta.

Él, junto con su esposa, es uno de los bailarines que, poco a poco, llegan hasta “la cueva”, secundados por espectadores, vendedores de helados que hacen negocio gracias al aplastante calor, el párroco, los pasantes y las imágenes sagradas. Son ya casi las 16.00 y uno de los organizadores se impacienta: “Empezaremos los que estemos”. Las bandas se ponen a tocar y comienza la entrada, que transcurre por calles solitarias que, 50 años atrás, eran de fango y de libre circulación para los chanchos. Ahora, veloces mototaxis pasan con algún diablo (hay grupos invitados de danzas altiplánicas) o alguna bailarina de chacarera montados en la parte trasera.

Los danzantes, niños en su mayoría, llegan hasta la plaza donde están la iglesia, la Alcaldía y puestos con bebidas, comidas y juegos infantiles. Allí se concentran los espectadores, entre los que se nota turistas extranjeros. Los pasantes y las autoridades invitadas se sitúan en tarimas a la entrada del templo, ante el cual cada grupo realiza sus exhibiciones hasta la noche. Llegan la verbena y los conciertos en boliches cerca del puerto y en el coliseo, donde actúan Los Canarios del Chaco. Pasada la medianoche, Yolanda y Willy regresan a su vivienda. Su deber aún no está cumplido.

A las ocho de la mañana, Yolanda está fregando el pasillo del hotel junto con su sobrina; se le nota el cansancio en la cara. Pero una hora después, está bien vestida y peinada para escuchar la misa. Mientras tanto, del río van llegando hombres y mujeres que cargan gallos variopintos. Se dirigen a la riña que organiza José Antezana, en la que compiten los municipios de Rurrenabaque, Reyes y San Buenaventura. Al preguntarle a uno si no le apena ver cómo otro gallo lastima al suyo, contesta con una sonrisa: “Uno se acostumbra”. Cuenta que en su propia casa hace pelear a sus “mascotas” para ver si sirven para estas lides.

En el patio del recinto hay una pequeña construcción circular cuyo muro llega a la altura de la rodilla de un adulto. Alrededor hay sillas y graderías. Los dueños de los animales pesan a sus representantes emplumados y luego los meten en jaulas, hasta que llegue su turno. A los dos primeros pugilistas se les da un baño para refrescarlos y se les adhiere un espolón de acero en una de sus patas, Al ser lanzados a la arena, cual gladiadores romanos comienzan a pelear mientras vuelan los gritos y las apuestas entre el entusiasmado público.

“Siempre ha habido riñas de gallos”, asegura Manuel Sanginés (65). Es una tradición en el programa festivo. “Antes éramos un pueblo más pequeño, pero se celebraba muy bonito (el aniversario)”, recuerda. Hace décadas, cada día 15, por ejemplo, se realizaban las competiciones deportivas que ahora quedan fuera de las “jornadas fuertes” de la celebración. Lo que no había era el popular jocheo de toros, que se despliega desde hace 15 años, cuando San Buenaventura empezó a convertirse en ganadero.

Los cebúes aguardan su turno para salir del establo. Son los típicos toros de la zona, grandes, fuertes y tozudos. El recinto del jocheo está abarrotado por lugareños y visitantes. Los valientes, la mayoría ebrios, aguardan para tratar de montar a las bestias y ganarse un pañuelo con billetes envueltos. Algunos lo consiguen, otros quedan en la lona; los más aclamados son una mujer y un pequeño perro que no se cansa de retar a los imponentes toros y sus nada desdeñables cornamentas.

Tras el evento, los turistas cruzan de nuevo el río. Otros aguardan la noche, en la que tendrá lugar la elección de Miss San Buenaventura y más conciertos y baile. Cuando se les pregunta a los sanbueneños por qué su fiesta es tan conocida, no dudan en señalar al unísono: porque dura más días que en otros municipios, ya que enganchan el aniversario con la fiesta departamental del 16 de julio, día de la revolución de Murillo. Lo que sobra es alegría.

Supuestamente enfrentados con Rurrenabaque (“es el caimán más grande para nosotros”, asegura Marcelino), ambos pueblos conviven durante la festividad. Los sanbueneños no olvidan que “al frente” sí hay luz y agua las 24 horas, a pesar de que colaboraron en la construcción de la vertiente que beneficia más a la comuna beniana. Ambas localidades tienen el mismo acento y origen (tacana) y aunque el territorio amazónico los une, Isaac Alipas describe con una frase el sentimiento de pertenencia sanbueneño, mientras mira el jocheo: “Somos amazónicos, pero paceños de corazón”.




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